martes, 20 de mayo de 2008

Susurros


Hay tantos... (fotografía tomada de aquí)
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Está el techo temblando del roce del agua
y el campanario se recoge ensimismado ante aquella marea viva.
Está la casa sumergida en el paraíso,
y ya no flotan ni los aromas ni los sabores que antes albergaba.
Está el camino esperando quien lo recorra,
aunque los ecos de las pisadas suenan a falsos rompeolas,
ajenos al páramo que allí habita.
Está la madreselva hundida en el patio,
al vaivén de la corriente que mece en el subterráneo las caricias de los fantasmas.

Ha quedado la plaza sin las comidillas de sus bancos,
sin las palomas inquietas que iban de un lado a otro para esquivar una pisada.
Han quedado las arquerías de sus portales vacías de sensaciones,
desprovistas de aristas, huecas en cavidades para buzos de la nostalgia.

Hierve a fuego lento la congoja de la resignación, una vez dormida la resistencia.
Y el pueblo bajo el pantano es un balandro
encallado al mar vacío del corazón
que una vez lo habitó.
Hoy es reflejo a deshoras.


Desconcierto.
Se rompe la ley.
Tal vez porque las personas vieron nacer y crecer a las casas,
a los pueblos.
Tal vez porque los pueblos son los que ven morir a las personas.
Y cuando esta ley, impresa en la esencia de la vida,
aunque no escrita en ninguna parte,
se altera;
un rincón,
un viejo,
y un poeta
lloran.

Y la vida pierde de manera traumática su escenario.
Y el embalse, como un mal mecenas,
cristaliza en apariencia lo creado
para conservarlo en el momento,
pero como el coleccionista altivo
lo encierra en su urna,
escaparate de lo que fue,
jaula transparente que se apropió de la vida.

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Susurra la arena el acoso del viento,
pero solo la oye la piedra que,
corroída por la sal,
calla y otorga antes las malas artes.

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"Lo que hoy se conoce como el Pantano del Tranco de Beas fue en tiempos la hermosa vega de Hornos y el remansado valle del Guadalquivir, ambos repletos de cortijadas y aldeas llenas de vida. Hoy tan sólo existen en el recuerdo de sus antiguos moradores. La torre de Bujarcadí sólo aparece cuando el Tranco está prácticamente vacío; sin embargo, el castillo del antiguo señorío de Bujaraiza emerge siempre de las aguas como si de un lago escocés se tratara. Dicen que se llamó el Tranco de Beas porque en Beas se hospedaban los ingenieros que trabajaron en su construcción. Antiguamente era conocido como el Tranco de Mojoque o de Monzoque y era un paso de auténtico vértigo sobre el río donde acontecieron multitud de anécdotas a los serranos de antaño..."





Para mis amigos/as de Andújar (Jaén)

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