miércoles, 7 de mayo de 2008

Madrugada (II)

Me duelen los pies y el paladar
porque no he encontrado un jazmín discreto
donde posar mi alma
ni unas manos que acompañen,
con soplos de limones frescos
una canción que te he cantado en silencio,
entre un bullicio urbanita,
moderno y antiguo,
natural y travestido
modelado a base de golpes casi fascistas,
que, al unísono,
hacen desfilar al ser como aquel animal
salido de las cavernas:
dando un grito vacío,
insoportable para la música que tengo,
porque asusta a la conciencia y la repliega.

Y he cogido el primer vuelo que partía
(ha sido anunciado por megafonía en varios idiomas)
de este aeropuerto de sombras que deambulan
para reencontrar la luz tenue que
desean también las polillas.


Acabo de llegar y...
voy a vestirme de Lorca,
o de Góngora,
o de cualquiera que me apetezca
para dibujar mis sueños.
Me da igual cantarle a una bujía que a un bujío,
me da igual, pero..
¿sabes?
soy barroca,
(sí, has leído bien: soy barroca).
Vuelve a leerlo:
soy barroca
y soy renacentista,
y soy gótica,
y soy primitiva,
y soy degenerada
(entiéndase, como los nazis llamaban
al arte expresionista y moderno al que aborrecían),
y soy románica,
y romántica,
y soy modernista,
e impresionista
y soy varios neos
y varios ismos
y varios pos(t)
y varios pre
y soy contrarios que se complementan.

Y porque soy todo eso y más,
y a veces nada,
no me llamaré de ninguna manera,
y no me importa que no me den nombre.
Tampoco me importa que no me (re)conozcan
ni que me aplaudan
ni que me sonrían
ni que me llamen para ser palmera
(también soy flamenca de Flandes)
de cualquier alguien que no sabe contar hasta tres.

Porque, en realidad, en este momento
son pocas las cosas que me importan
y tú estás entre ellas.