jueves, 22 de mayo de 2008

A las cinco y veinte.... (Abril de 2006)


A las cinco y veinte de la tarde
un estudiante busca,
entre fotocopias de letras subrayadas,
palabras que guíen pensamientos prestados.

Una niña escucha el cuento de su madre
mientras su gato, enredado
en los flecos de la alfombra, estira las zarpas.

A las cinco y veinte de la tarde
un preso se incorpora en la cama
tras dormir la sienta y contempla
-desde la ventana-
las sombras sobre el asfalto de un patio en calma.

Más allá una hoja blanquecina, casi inerte,
cae -¿inesperadamente?- de la rama de un árbol centenario.

Un hombre sale del bingo habiendo perdido el alma.
Un grupo de profesores discuten las calificaciones
en una clase que huele a infancia.

Un niño le arranca las alas a una mariposa para entender,
en ese mismo instante,
que su vuelo era don,
que su vuelo era gracia.

A las cinco y veinte la vida continúa
en una tarde de primavera más cálida de lo normal.
Y una mujer loca llora porque siente
que, sus risas, solo son ecos de flores lejanas.


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Siguen siendo las cinco y pico y un pintor
de sombras descubre la luz en las telarañas,
mientras que la inspiración, como una paloma cansada,
posa su sed sobre una fuente junto a las malvas.
Y un músico, podrido de escalas,
escupe notas al vacío capaces de llenar mil estancias.

Pasadas las cinco, las calles estrechas están solitarias,
y las amplias avenidas aún no desvelan el destino
de los que pisan, con tiento, los tablones que cubren las zanjas.

A las cinco bien pasadas, una niña de ojos grandes mueve
una baldosa mal pegada,
y su crujir despierta,
entre las musarañas,
los sueños de otros mundos
que viven bajo sus plantas.

Ah... atrás quedan las cinco y sus minutos avanzan,
mientras el calor empacha el sopor que se funde
con la densa calma.

A una jaula abierta un pico de gorrión llama;
a un cartel de cine, la goma que lo fija, deja que se caiga
para mostrar el anuncio de la temporada pasada.
Y la televisión, llena de basura, devuelve vidas robadas
a los dueños de otros sueños
que tratan de hacer coincidir estampas.


Un abuelo arregla una bici,
un pastor canta una nana,
un portero se tiñe el pelo para tapar sus canas.
Un taxista recorre esquinas de aire,
un enfermo pide agua.
Y la tierra regada del parque
huele a tierra... ¡a tierra mojada!


Un motor antiguo no arranca,
un curioso se asoma por la cerradura
de una puerta casi desvencijada.
Un sacerdote entorna los ojos para mirar sin mirada.
Un mendigo pide en la puerta de un aparcamiento en el que nadie para.
Pide algo para la cena...
también acepta palabras.

Un coleccionista cierra un álbum ganado a la paciencia.
Un ascensor para entre la planta quinta y sexta.
Un camarero seca las tazas.
Una ventana abierta deja escapar un visillo;
una mano nerviosa despide al mejor amigo,
mientras que la desmemoria de un anciano con alzheimer
juega a inventar batallas y naranjas.

Una herida supura en la carne,
una pregunta consigue ser contestada.
Alguien recicla vidrio;
un libro pierde una tapa.
Una foto sale velada... y
un beso sabe a jazmines en rama.


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A las cinco y veinte suenan campanas lejanas.
Y un ladrido seco recorre también el aire;
alguien se muda de casa.
Un joven que se ha duchado se seca las gotas de la cara.
Una alfombrilla gris está tendida en la entrada.
Un hombre nervioso se come las uñas, mientras
que una mujer barre el azul de su alma.

A las cinco y pico un perro herido vagabundea
por una carretera en busca de unos dueños
que no han sabido amar su mirada.

Un guiñol abre sus cortinas para ensayar la jornada.
Un cirujano extirpa un tumor y consigue que huela a agua;
unos padres esperan;
una novia aguarda...
En una iglesia cerrada un coro canta,
y una vieja separa las nueces de las cáscaras.

Alguien prepara café...
y alguien devuelve en la cama.

(En el laboratorio)
un hematólogo sueña con la inmunodeficiencia
y la derrota con verdes algas.

Y consigue,
en un solo miuto,
volver a llenar de sentido
mil vidas
que solo saben que son las cinco pasadas.
Las cinco y veinte de una tarde de
olores,
perspectivas,
de vidas y
de palabras.

(Dedicado a Muñoz y a los otros de la octava planta).