miércoles, 4 de junio de 2008

(A) Ellas

Llevaban a una niña de seis años, sagrando por la nariz, de aquellas hemorragias crónicas que la debilidad provocaba. Subidos en el coche, el practicante del pueblo guiaba al conductor para llegar al sanatorio más cercano, desde ******, antes de que la noche hiciera acto de presencia.
Los pararon a la mitad del camino, en aquella carretera borracha de curvas, en medio del campo. Iban armados todos. Hasta Ella, una republicana, de izquierdas, de 14 años, que se empeñaba en lograr que su hermana tuviera atención médica inmediata para no morir desangrada.
Me contó que aquellos desconocidos que olían a muerte los dejaron pasar, tal vez complacidos del daño de aquella niña medio muerta.

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Sé que Ella oyó por la radio, aquella tarde gris de odio, cómo una voz tan asesina como enérgica daba la orden de seguir y matar a su hermano, que había escapado por la sierra de *******. En ese mismo instante, -los segundos que tarda en oirse el apellido propio en el aire sembrado de muerte- el párpado derecho se le cayó para siempre, mientras su alma monárquica y de derechas, rodaba sin remedio aún más abajo.

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