sábado, 22 de noviembre de 2008

Hizo la guerra a las ratas

Como si fuera un afilador,
el día lima los dientes que la noche no ha arrancado;
mellas doloridas
por las que gimen los vestidos de las mujeres
y las manos de los pocos niños
que la guerra ha prestado,
para esta jaula desahuciada
en eterna fianza.

Los caminos a ninguna parte
enarbolan las banderas
en ese nuevo himno
a la patria de nadie.


Un ejército de hambre
ha perdido los acordes.
Sin flautista y sin espera,
la Ciudad de las Ratas empuña la crueldad,
sin lograr acceder al precipicio deseado
que termine con esta lacra:
la peor de las enfermedades.


Ha nacido como todas,
sobre una cálida madera noble
de un mesa de despacho.
En ella el mundo se divide
en las columnas del haber y del debe,
que siempre pierde;
siempre.

Junto a ellas se posan sobre el mapa
-para dejar el mismo cerco de siempre-
siempre,
tres vasos de coñac, dos de whisky
y otro de agua con gas;
junto a dos ceniceros relucientes
-fumar perjudica seriamente la salud-
y el anillo del dedo índice que sabe,
siempre sabe,
cómo multiplicar el dinero del más rentable dolor.

No hay negocio más beneficioso
que la guerra
ni peor ambición que el ansia
de la revancha
-servida fría,
muy fría-,
a punto los motores
en el filo de dos telediarios;
postre para platos de indiferencia.


Hizo la guerra a las ratas.
Las únicas capaces de comer de la miseria
y seguir vivas.