domingo, 30 de noviembre de 2008

Cuestión de aspecto, modo y tiempo

Mientras ellos redefinen a la poesía,
los otros ellos apuestan por su espejo
y enfrentados en las aceras,
siembran las avenidas de candente hierro,
las esquinas de monolitos, y las calles
de inútil mobiliario de diseño.

Los primeros demonizan al infinito,
por estrecho;
a las estrellas, por travestidas;
al mar, por carecer de esqueleto;
al sol, por calienta versos; y a la lágrima fácil,
porque estamos en tiempo de sequía,
que no para de repetirlo el hombre del tiempo.

Los segundos se estremecen ante el once
por galante; ante los astros, por serenos;
ante la gasa, por transparente;
ante el vaporoso rosado del alba
o el carmín terciopelo, por eternos;
que no son relojes parados, sino movimiento.
Y así las cosas, cada noche,
ajenos a declinar verbos compuestos,
tú y yo barajamos nuestra gramática
y bautizamos ese lunar nuevo
-para otros llamado verruga,
excrecencia cutánea o abultamiento-
que originó aquella caricia
más allá de la prisa de los términos.