sábado, 10 de marzo de 2012

Siempre me he asomado al mundo...



Siempre me he asomado al mundo por donde he podido:
por el filo de la cortina,
por el hueco de las manos,
por la arruga de la comisura de unos labios,
por las pupilas de cualquier gato.

Y cuando escribo, busco un poema a medida,
una suerte de declaración de intenciones:
Asomarse al mundo cada mañana
y llenar bien los pulmones
sin dejar al otro sin aire;
salir de casa
sin pisar demasiado fuerte;
vivir no necesita tanto ruido.

Hacer una poesía que sea útil
y no se arrepienta de la hipérbole
de llamar al frío por sus ojeras,
a la espera por las esquinas,
a la injusticia por su peso,
al amor por su tacto;
que vierta luz aunque sea esa poca que necesitas
cuando tienes las manos llenas de viento.
Hacer un poema blanco
que deje las palabras al descubierto,
limpias del salitre
tras el baño de la vida.
Un poema que se conduzca solo,
piel y pulso,
renglón de sístole,
más allá de los escaparates.

Que no empuje ni aparte,
un poema mano a mano,
capa a capa,
espina a espina;
que no te diga ya voy, sino que llega,
y sea capaz de entrar
donde no ha pisado casi nadie;
un poema para el encuentro
más allá de las citas;
un poema sin dueño,
sin nombres propios.

Un poema-deseo
capaz de habitar en ti,
sin fingimiento ni pudor.

Un poema sin horario,
abierto 24 horas,
que no quiera ser oportunidad,
que no busque glorias.

Que sea como el mar visto por los ojos de un niño
o como una nube en tiempos de sequía,
que ande en zapatillas por casa;
un poema que te devuelva al presente
cuando te obstinas en poner de luto al futuro.

En fin, un poema ¿(im)posible?,
sin epítetos,
sin otra gramática
que la de los verbos recíprocos,
ni más metonimia que la del abrazo.