domingo, 16 de diciembre de 2007

Cuestión de gusto

Me gusta leer.
También releer.
Y me gusta acordarme de las cosas que leo.
Por dulce placer.
A veces, por placer masoca.
También me gusta olvidarlas,
por el mismo ambivalente placer.
Y descubrirlas (a veces redescubrirlas, a veces (re)inventarlas,) en cualquier momento.
Y, de pronto, esa señal a lápiz o a boli en el libro,
o en la piel,
esa hoja seca que separa las páginas,
esa doblez alta,
ese beso, esa lágrima, ese muermo que se posó allí,
esa señal sonora en las letras...
trae a la memoria el recuerdo.

Y éste, a veces, está dormido. Otras es violento.
Otras reniega de sí mismo y revienta, y quiere destruirse sin conseguirlo;
otras suma y sigue, y consolida, reconstruye;
otras tira el libro por la ventanilla de un coche en marcha y lo siembra con desdén en una cuneta por donde pasará una fila gigante de hormigas que olerán lo dulce de las letras (las hormigas creen que todo es dulce: viven a ras de la tierra).
Las hormigas devorarán el libro y, con él,
los recuerdos,
el relámpago chispeante de energía
que conduce a la memoria por los laberintos del pasado.
Aquellos que, conforme se recorren, varían sus setos
y deforman las calles recorridas
para que nunca encuentres la salida,
para que nunca salgas
de las arterias que retienen la vida de los sueños vividos
en las letras...
...las de la memoria de algunos recuerdos.