domingo, 26 de julio de 2015

El olor de la bondad

Peris Mencheta. Calle vacía, domingo, 10.30 de la mañana. Paseo tranquila después del primer café en el Hércules. Un coche, tipo tartana, aparece a gran velocidad desde la curva. Reparo sin detalles en él. Continúo mi camino hasta que escucho, repetitivamente "¿hola?, ¡hola!, perdona..." Vuelvo la cabeza. El chico del coche de carreras-tartana se dirige, a partes iguales, a un señor que va por la misma acera que él, y que le mira con indiferencia, y a mí. La voz que solicita escucha insiste: "Perdona..."  Vuelvo hacia él. Se ha bajado del coche que ha dejado aparcado en el soportal de una casa. Casi no le veo, porque uno de los pilares del bloque lo tapa. Me pregunta algo con palabras que no escucho bien, desde la acera de enfrente. Me pide, con una amplia sonrisa, que cruce; me hace ademanes con la mano, para que me acerque. Me dice que le da corte asomarse. Es entonces cuando me fijo en sus chanclas y en su vestido de licra amarillo y negro, más corto y ajustado que el mío. Le echo unos treinta y muchos. Cuando alguien sonríe de esa manera, siempre soy benevolente. 
Por fa, acércate, que no tengo bragas, me dice entre risas. Qué frase tan ingenua, pienso. Y, mientras me digo esto, se ha levantado el vestido, se ha dado la vuelta y me está enseñando su culo blanco, algo plano y caído. La gravedad, pienso. Adán y Newton frente a frente. Y la manzana.
Luego se da la vuelta, en un movimiento rapidísimo, y me regala una sonrisa tan caduca como recién estrenada. Se me acerca para preguntarme, confidencialmente, en voz alta, si sé de algún sitio de ambiente.
Collage de Ale Jan Dra
Pienso que, a estas horas de la mañana, los pocos lugares que quedan tratan de proteger del sol los restos de humanidad cansada; que va tarde, o temprano, según se mire. Pero no le digo nada. Le sonrío porque me gustan las escenas insólitas -mil veces iguales, mil veces distintas-, extrañas y naturales como estas. Entonces se fija en mí, me coge de la cintura con las manos extendidas, me acerca a él y me dice que le encanta mi vestido. Me coge con soltura una mano y, casi sin darme cuenta, estoy girando sobre mí misma. Mira entusiasmado el vuelo de mi vestido. Es precioso, me dice y te queda divino. Me siento como una modelo de Dior. Hay hombres maravillosos -pienso-, carnes de cañón, que no pueden evitar destilar, incluso, en las peores cloacas, bondad. En un segundo, pasa por mi mente toda la genealogía de mujeres que sé que le acompañan. Es entonces cuando le oigo decir que tengo un culito monísimo, mientras trata de levantarme un poco el vestido. No quiero romper la magia explicándole que yo sí llevo bragas, para más señas, limpias y recién puestas, como aconsejaban antes las madres; así que le digo que esas cosas no me las dicen todos los días, y le devuelvo la sonrisa con un gracias.
Vuelve al ambiente, con las manos en mi cintura. A estas alturas, ya nos conocemos tanto... Yo le he visto tantas veces y él a mí me ha encontrado en decenas de ocasiones, mientras buscaba una salida para Itaca, que no siempre es llegada.
Me agobia la invasión de mi espacio físico -no puedo evitar que, a veces, me salga mi ramalazo antisocial-, por lo que me retiro un paso atrás, lo justo para que pase el aire, que decía mi abuela. Me acuerdo, en ese momento, de otro amigo que odia estas escenas porque detesta a la gente pasada. Sin embargo, a mí, si hay bondad, me enternecen.  
Estoy muerto de hambre. ¿Dónde puedo llevarme algo a la boca?, continúa, mientras con la mano derecha hace el gesto de una mamada. Hay un resto casi imperceptible de pintura -creo que de perfilador de ojos- en sus párpados y tiene el pelo corto algo aplastado, pero no rancio. Me recuerda a Lisa Minnelly, a la que adoro. El sol comienza a picarme en la espalda. Es demasiado temprano para tararear Cabaret, o demasiado tarde. No sé.
También quiere ir a un chino a comprar ya no recuerdo qué. Eso lo tendrá más fácil. 
Su voz va quedando cada vez más lejos. Ya no le escucho. 
Buena suerte. Ojalá encuentres algo que llevarte a la boca en este tiempo de no tiempo. En este tiempo sin bragas.