lunes, 2 de septiembre de 2013

Apuntes para un náufrago

Primero, tras el despertar súbito y la parálisis del cuerpo, respirar.
Oír el crujido de las maderas que aún cimbrean cerca. Oír el mar, si es que hay mar.
Oír el viento, si es que hay viento. Oír (escuchar) el corazón propio. Reconocerse en el latido.
Confundir el corazón con la madera, que a su vez se confunde con el mar, que a su vez parece viento; viento que te devuelve el latido.
Tocarse los ojos sin tocarse. Protegerse de la luz arrojándole el miedo.
Una vez protegido, considerar la fortuna de saberse herido en medio de la vida.


Fragmento de una obra de Aure Gallego.
Corazón latente