sábado, 4 de febrero de 2012

¿Quién habitará mi dolor cuando hayamos muerto? ¿Quién mi alegría?

Por favor,
¿querrías informarte un poco más sobre la médula ósea?

I

Primero conocí el ruido de la cisterna del baño de Carmen. Siempre a deshoras, de noche, insistentemente. Cascada de dolor en la madrugada. Luego, a mi habitación de aislamiento, fueron llegando muchas pequeñas y grandes historias contadas tras las mascarillas verdes. Mis familiares eran mis enlaces con el exterior -nunca estuvo más lejos-, y me informaban de lo que íbamos sabiendo, poco a poco, la una de la otra, como quien recorre un paisaje nuevo, un mundo sin señas al que era necesario dar nombre.
Paso a paso fuimos conociéndonos sin vernos, oyendo nuestro dolor, distinguiendo los ruidos de la noche. Presas unidas pared con pared, presas de la médula ósea, del gotero, de las fiebres, de los tiritones, de la incertidumbre.

Acuarela de Aure Gallego
En medio del abismo, habitábamos la esperanza con las manos atadas con las hebras de la vida.


II

A Pastora siempre le traían la comida de casa. "No me gusta la comida del hospital. No, es lo mismo".
¿Cómo estarán mis macetas? Bueno, ahora no tengo tiempo para eso. También antes era peluquera. También antes.

Antes.


III

Y todos esos cardenales.... "¿Te has caído o tú también estás aquí por un piercing?", me preguntó aquella cría con la piel amarilla.
-No, yo no me he puesto ningún pendiente
(la que cuelga, soy yo)

Continuará...


A base de buscar prodigios
he perdido todas las certezas
y me he quedado con un espacio minúsculo
más bien parece una mancha brillante
sobre un sueño pequeño
para habitar tardes como esta.