lunes, 14 de noviembre de 2016

Los lectores dicen (V) - "De la muerte sobre un caballo pálido..."

La muerte sobre un caballo pálido en la visión de Jürgen Washuskein

¿Podemos evitar las tormentas en nuestras vidas? No, evidentemente. Sin embargo, eso no supone que las vayamos a afrontar desde la sinceridad o la valentía, o que vayamos a salir ilesos de ella. El tema principal sobre el que se construye La muerte sobre un caballo pálido es precisamente ese, el de la experiencia de la tormenta, dificultad. Por eso, uno de los aspectos en los que más se incide es en la honestidad:

Siempre fue más fácil hacer un nudo que entender su
recorrido.
Siempre fue más fácil vaciar el estómago de verdades que
digerir las mentiras; aquellas lapas cristalizadas,
tan peligrosas para piel
como frágiles a la luz.

Ilustración de Ángeles Fernández



En este mismo sentido, también, los versos:

Toma este rostro, dijiste.
Toma,
así podrás mirar para otro lado.

Estilísticamente, en ellos la frase hecha no se violenta como una mera demostración de ingenio, sino como una manera surrealista de abandonar la realidad ordinaria para reflexionar desde nuevos ángulos sobre la convencionalidad de la hipocresía.
En efecto, podemos negar la realidad, dulcificarla o, directamente, mentirnos. Lo verdaderamente difícil es estar dispuesto a aceptar lo que nos va a decir, sea lo que esto sea. Aceptar que, a la salida de la tormenta, el aprendizaje nos hará, necesariamente, distintos de lo que fuimos, en una suerte de viaje sin retorno al confort inicial:

La excepción solo pertenece a los que no saben de reglas.
Y tú, ignorante, ya sabes demasiado.

Porque, además, la tormenta es dura. Más allá de ese bello objeto de contemplación en que lo hemos convertido los urbanitas, el mar es un medio hostil, que pone constantemente en jaque la supervivencia del hombre. Poéticamente cumple el cometido de enfrentarnos a su inmensidad como contrapunto de la pequeñez de nuestro yo:

¿De qué forma soltar la herida sin que cayese al mar
y fuera pasto del hambre del abismo?

La parte más dura del libro, La muerte sobre un caballo pálido, toma, entre otras fuentes de inspiración, los cuadros de William Turner. En ellos asoma en ocasiones ese enfrentamiento constante contra la destrucción que encontramos en muchos pasajes de la Residencia en la tierra de Neruda, pero también esos fantasmas de la noche que acechaban los poemas breves de Alejandra Pizarnik. Encontramos expresiones bastante logradas como:

Entrar en el sistema nervioso de la muerte,
este tapiz delirante,
y sobrevivir a su calambre.

O cuando se nos advierte:

El anonimato de los nombres conoce el sonido de la certeza.
Algún día sonarán las sílabas de sus gentilicios. Algún día.


Ilustración: Ángeles Fernández


Esta mención a los gentilicios nos retrotrae a los tiempos en los que aún no existían los apellidos, en los que para designar a una persona bastaba con hablar de María de Magdala o Heráclito de Éfeso; aquéllos en que se fraguó nuestra ciencia y nuestra religión.
También cuando se llama al sueño “acuario de miedo”, con el que se subraya de un modo muy poco convencional la pasividad con la que somos convocados al espectáculo colorido de nuestros miedos y anhelos. La deuda con la pintura se aprecia de nuevo en uno de los poemas situados en pleno corazón del libro, que pretende abrazarse en su acompañamiento al cuadro cuando dice: “esta furia en las manos,/esta capilla ardiente,/fría,/como el lento crepitar del mundo/difuminado/al fondo de este paisaje en llamas//y vacío”.
O cuando se nos evoca una baranda en la que “el aire detiene el suicidio de los muertos”, que se nos plantea como una especie de reverso del Apocalipsis, libro en que los vivos estaban condenados a sobrevivir toda vez que Dios les denegaba la escapatoria de la muerte al suplicio que les esperaba.
El amor también está presente en el libro. Hay un presente en muchos versos, pero completamente borrado de su historia anecdótica. La historia real es la infraestructura vivencial sobre la que se construye la poesía, pero permanece siempre en el plano que la poeta le ha asignado previamente. En este caso, como trampolín para el aprendizaje. Ese tú aparece en poemas tan arrebatados como uno de los centrales del libro: “Sabes que estoy llena de alfabetos que presagian estas…”. Estilísticamente, la anáfora construida a partir del “Y si digo” sirve como instrumento para un yo que siente su expresión poética triunfante, y que nos remite, por ejemplo, al Lorca de la conferencia-recital del Romancero gitano:

Si me preguntan ustedes por qué digo yo: “Mil panderos de cristal herían la madrugada” les diré que los he visto en manos de ángeles y de árboles, pero no sabré decir más, ni mucho menos explicar su significado. Y está bien que sea así. El hombre se acerca por medio de la poesía con más rapidez al filo donde el filósofo y el matemático vuelven la espalda en silencio.

También hace acto de presencia en el poema: “Paso a paso se desliza la piel por la madera sin pulir,…”, en el que la ruptura de lo convencional –siempre difícil en el extenuado caladero lírico del amor- se consigue evocando:

Una jaula abierta que mide la distancia que
existe entre tus ojos y los míos, […]

de modo que así queda expresada esa extraña e invisible dependencia que se siente respecto de la persona amada, dondequiera que esté. No obstante, tanto si el al que se alude es divino o humano, parece lejano, distante. Al lector le queda la impresión de que no será capaz de satisfacer los anhelos de la autora.

Ilustración: Ángeles Fernández

Y, sin embargo, a pesar de todo lo dicho se trata de un poemario constructivo. No en vano su subtítulo de apuntes. Vocablo que debe ser entendido en su sentido más literal y ordinario: esas enseñanzas que tomamos para superar con éxito un examen, o el reto de preparar una reunión o un plato de cocina. Esas instrucciones que llevaremos con nosotros y serán nuestros aliados en los momentos de dificultad, cuando nuestro cuerpo y nuestro entendimiento estén en apuros. De ahí la importancia de la honestidad de la que se hablaba en un principio: estos apuntes serán tan válidos, tan robustos, como la honestidad que les da sustento. Esta voluntad, sumada a la de suprimir las experiencias reales, se traduce en un gusto por lo sentencioso, por las conclusiones, en versos concentrados en que se van yuxtaponiendo sus afirmaciones. También los ecos bíblicos, como las bienaventuranzas en las que, de nuevo, la autora se alinea con quienes tienen el valor de enfrentarse a lo que tenga que deparar el destino. Y, también lo hemos visto, las expresiones hechas y refranes, igualmente vehículos de conocimiento popular.


En “Apuntes para náufragos” se nos hace testigos del aturdido despertar de uno de ellos. Pero, lejos de plantarse en lo que da de sí este planteamiento inicial, la autora lo desarrolla con sensibilidad acompasando el latir de su corazón con los vivificadores sonidos del mar, la madera y el viento. En esta misma línea “Apuntes para un despertar”, en que la autora consigue impactar de pleno en la intimidad del lector apelando a su sombra. Una sombra que no nos es hostil, ni nos evoca el lado siniestro de la realidad; que “no te nombra; sólo te acompaña”, ofreciéndose como un aliado para comprendernos a nosotros mismos, o para reprendernos desde su silencio por abdicar la responsabilidad que para con ella nos corresponde como sus dueños que somos.

Jürgen Washuskein