jueves, 15 de enero de 2015

Historias de una niña insólita II



Un día me quemé la boca con los restos de un cometa. Desde entonces rezo cada noche, aparto el polvo de mi cama y me escondo del coleccionista de ataudes. Su espalda era como la vía láctea.


Tengo la mano llena de las pestañas de las muñecas con las que jugué de niña. Son como insectos desvalidos, casi inertes. Inmóviles. Oscuros. Buscan pupilas que adornar. Buscan pupilas que proteger. Buscan pupilas que cuenten lo que han visto. Pero los ojos no hablan cuando no hay pestañas. 

Pronto entendí que respirar era más importante que decir. 

(Fragmento de Historias de una niña insólita)