A veces, hay noches como esta en las que, sin saber cómo o porqué,
(el cruce de caminos no es una elección,
sino una parada obligatoria)
los pasos se vuelven del revés
y la vida te muestra lo andado.
Y el vértigo es tan grande
que la vereda se desborda,
que la mar revuelta devuelve los naufragios
y las flores deshojadas se mezclan
con las páginas descosidas de tu propia historia.
En noches como esta, sin saber porqué,
asustan los rincones vistos
las luces del olvido
los recuerdos de los ecos
las voces del silencio,
los silencios dichos,
los dichosos silencios.
A veces en noches como esta, sin saber porqué
las huellas del camino se desordenan
en laberintos de huidas pardas,
en requibros de melancolía.
Y cuando todo está en alberca,
como un templo al descubierto,
de pronto,
un crujir pequeño,
desorientado,
llega a lo más dentro para terminar de dinamitarte los huesos
que dejan caer las cuatro paredes que se mantenían en pie.
Y a la vez,
la vida se hace grande
para llenarte de soplos de aire que te alimentan los huecos,
los vacíos,
los desvelos.
Y a la vez duele,
porque no hay manera de medir la deflagración.
Y a la vez todo vuelve a estar lleno,
aunque gimen los restos
porque no se hizo la luz
para dar tanto miedo
en noches como esta.

A veces, en noches como esta,
la niña se pinta los ojos con las pinturas de su madre
y se asoma al balcón del futuro para saber
hacia qué dirección parece que despuntarán sus sueños.